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Capturas de ficción

Un día cualquiera

Como siempre Colombia-Tribunal. Colombia-Tribunal con transbordo en Nuevos Ministerios. Como siempre a las siete treinta y cinco de la mañana. Cinco días a la semana. Cincuenta y dos semanas al año. La misma hora. El mismo trayecto.

Siempre apura el sueño hasta el máximo. Hasta que ya no tiene más tiempo que para una ducha rápida y vestirse.

Por eso aprovecha los veinticinco minutos de trayecto para desayunar algo. Saca un pequeño recipiente de plástico de su mochila color camel en el que la noche anterior había puesto una fruta troceada o un sándwich de jamón que come a bocados cortos y muy lentamente. Nada sofisticado.

Mientras que la mayoría del pasaje mata el tiempo leyendo un libro en edición de bolsillo o el diario gratuito que habían entregado a las puertas de la estación, él dejaba que su mirada se perdiese en un objetivo cercano, sin más propósito que la pura abstracción.

Pero el pasado martes se fijó en ella. Era menuda, morena, de ojos oscuros, redondos. Se los imaginó expresivos. Expresivos y con la mirada perdida. Como él, parecía estar en otro mundo. Su físico le recordaba a Natalie Portman, aunque luego se reconoció a sí mismo que no se parecían en nada.

Su tez era morena, de una tonalidad que le permitía disimular un cutis imperfecto en el que se podía rastrear el ligero impacto del acné. Fue incapaz de determinar su edad con exactitud.

-Hoy las chicas desarrollan rápido y no te puedes fiar de su físico, pensó.

Su cara estaba bien formada. Pequeña, alargada, con cierto protagonismo de un mentón bien estructurado y unos labios tendentes a la carnosidad. Y sus ojos. Negros y grandes. Que no pudo apreciar en su plenitud, pues casi no levantó la mirada del suelo. Ese misterio le tenía fascinado. Intentó provocar un contacto visual mirándola fijamente con el propósito que tuviese la sensación de que alguien la estaba mirando y forzar que levantase la cabeza para averiguar quién era. Pero nada.

No era objetivamente guapa. La atracción se mueve por otros senderos.

La chica tenía unos diminutos auriculares conectados a su móvil, un Nokia N97 de última generación.

Sin apenas darse cuenta comenzó a fantasear sobre quién podía ser, de donde venía y a qué se dedicaba. Se vio construyendo una vida ajena sin reparar en el hecho de que le añadía las gotas de fantasía de las que su propia vida carecía.

Cuando se quiso dar cuenta, se había pasado dos paradas y se vio corriendo a toda prisa para coger un tren de vuelta.

Esa mañana, por primera vez en siete años, tuvo que dar explicaciones en el trabajo por llegar tarde.

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