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Capturas de ficción

De locos y francotiradores

De locos y francotiradores

Ha caido en mis manos un disco con algunas obras para piano de Robert Schumann. No es un disco excepcional desde el punto de vista musical, aunque sí posee cualidades muy destacables. Se trata de una grabación editada por el sello Ambroisie con la Fantasiestücke op.12, las Escenas de Niños op.15 y Grand Humoresque op.20 a cargo del pianista francés Philippe Cassard. Pero no es de este disco en particular de lo que me gustaría hablar.

Escuchando estas obras me viene a la cabeza la fascinación que me producen los compositores locos. Esa locura que los aparta de la realidad para crear un universo y un lenguaje tan particular que es imposible que tengan descendencia artística. La enajenación los convierte en francotiradores. En artistas únicos. Se alejan de una realidad impuesta por un mundo que marca un convencionalismo que, sencillamente, no pueden entender.

Schumann volcó todos sus fantasmas y miedos en sus obras. Sobre todo las pianísticas. Bajo la forma de pequeñas piezas, miniaturas para teclado, se esconden sus temores infantiles y la turbulencia de una imaginación muy compleja. Bajo una pátina de aparente simplicidad se oculta un mundo agitado e insondable. En piezas más complejas y ambiciosas se deja llevar por esa forma de escritura alucinada y de un lirismo exacerbado tan particular. Son como cuchillos que diseccionan nuestras más ocultas pesadillas y las reflotan para nuestro desasosiego. Y esa es una de las razones por la que los grandes, grandes intérpretes de este compositor se puedan contar con los dedos de las manos.

Su vida fue una constante entrada y salida de instituciones mentales. Períodos de crisis total que compaginaba con otro de lucidez en los que trabajaba de forma extenuante. Necesitaba componer. Exorcizar sus demonios particulares a través del papel pautado. Pero a medida que pasaban los años, los momentos de oscuridad eran cada vez más prolongados y en sus últimos años de vida experimentaba alucinaciones y escuchaba voces. A los 44 años intentó suicidarse tirándose al Rhin. En ese momento, su mente ya se encontraba en otro lugar. Dos años más tarde fallecía en un sanatorio cerca de Bonn.

Y si quieren una recomendación, un vino óptimo para escuchar la música de Robert Schumann sería un tinto de Burdeos de la zona de Paulliac: corpóreo, señorial, de mucho carácter pero elegante. Complejo, denso, hercúleo.

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